Cambio de hora de octubre de 2026: ¿está cerca su supresión?
El cambio de hora de octubre de 2026 vuelve con la misma pregunta: ¿será por fin uno de los últimos en Francia? Como cada año reaparece el anuncio de una supresión «próxima», se podría pensar que la decisión está casi tomada. En realidad, nada permite afirmar que la desaparición del sistema sea inminente.
Para entender qué valor conserva todavía el cambio de hora, hay que separar tres asuntos que suelen mezclarse: el ahorro energético realmente medido, los efectos observados sobre la salud y los accidentes, y después el recorrido político europeo. Sobre todo, comparar los órdenes de magnitud cambia la lectura del debate.
El ahorro energético todavía existe, pero su peso se ha vuelto muy reducido en Francia
El sistema francés se remonta a 1976, después de la primera crisis del petróleo. Su objetivo inicial era sencillo: hacer coincidir mejor las horas de actividad con la luz del día para reducir la electricidad utilizada en iluminación. En aquella época, esta partida pesaba mucho más en el consumo de los hogares que hoy.
La cifra más reveladora es la atribuida a la ADEME: el ahorro relacionado con el cambio de hora representaría alrededor del 0,07 % de la electricidad consumida en un año. Otra estimación de la ADEME, de 2010, hablaba de 440 GWh de electricidad ahorrados al año a escala nacional.
Visto desde un hogar, el beneficio se vuelve casi invisible. Según las estimaciones citadas, ronda 1 euro al año por hogar. Otro cálculo, realizado para 2026 con un kilovatio hora a 0,22 euros, llega a 2,60 euros por hogar y año. Estos valores no se basan necesariamente en el mismo método ni en el mismo año de referencia, por lo que deben interpretarse como órdenes de magnitud y no como dos cifras directamente comparables.
La razón de esta pérdida de interés energético es bastante intuitiva. La iluminación representaba aproximadamente el 12 % del consumo eléctrico de los hogares en 1976, frente a menos del 5 % en 2026 según las estimaciones citadas. Desplazar una hora de luz natural podía, por tanto, tener más peso en los años setenta que hoy.
¿Por qué algunos estudios encuentran, sin embargo, un ahorro mayor?
Un estudio del Servicio de Estudios del Parlamento Europeo, el EPRS, publicado en 2017, concluyó que el cambio de hora sí tenía un efecto sobre el consumo de energía, con resultados variables según la latitud. Estimaba ahorros de entre el 0,5 % y el 2,5 % del consumo total según los países.
La diferencia con el 0,07 % atribuido a la ADEME es enorme. Eso no significa necesariamente que una estimación sea «verdadera» y la otra «falsa»: los países, los usos, las latitudes y los métodos no son idénticos. Esa es precisamente una de las limitaciones del debate público sobre este tema: presentar un único porcentaje como una verdad universal ofrece una imagen demasiado simple de un efecto que depende mucho del contexto.
Mi lectura es, por tanto, bastante clara: en Francia, el argumento energético histórico sigue existiendo, pero ya no basta por sí solo para justificar el sistema. En cuanto se compara con los demás efectos medidos, unos pocos euros o unas fracciones de porcentaje al año parecen mucho menos decisivos que en 1976.
Sueño, adaptación y accidentes: el coste no es solo eléctrico
Pasar de una hora a otra no consiste únicamente en mover las agujas de un reloj. Los cronobiólogos estiman que el organismo tarda normalmente entre 3 y 7 días en adaptarse, con una sensibilidad especial en los niños y las personas mayores.
Este plazo no demuestra que el cambio de hora provoque por sí solo un problema grave de salud en toda la población. En cambio, sí muestra que el ajuste biológico no es instantáneo. Es un punto importante cuando se compara el beneficio energético, ahora muy reducido, con la alteración temporal del sueño y de los ritmos cotidianos.
La cifra más concreta se refiere al tráfico. La Seguridad Vial francesa señala un aumento del 18 % de los accidentes con peatones entre las 17 y las 19 horas en los días posteriores al cambio de hora. De nuevo, no hay que convertir una correlación medida en un periodo concreto en la explicación única de todos los accidentes. Pero el orden de magnitud es lo bastante alto como para tenerlo en cuenta en la evaluación global del sistema.
Un accidente mortal representa de media un coste de 3,2 millones de euros para la sociedad, teniendo en cuenta, entre otras cosas, la atención sanitaria, las indemnizaciones y la pérdida de productividad. Esta cifra no permite calcular directamente «el coste del cambio de hora», pero muestra por qué unos pocos accidentes adicionales pueden pesar rápidamente más que el ahorro anual conseguido en electricidad.
Otro enfoque se refiere al trabajo. Un estudio alemán de 2024 estimó una caída del 0,3 % de la productividad nacional durante la semana posterior al cambio de hora. Una extrapolación para Francia valoró en 180 millones de euros el valor añadido perdido. Esta estimación debe manejarse con prudencia, porque se basa en una extrapolación, pero da una idea de lo que puede representar a gran escala una pequeña caída temporal del rendimiento.
La consultora Asterès ya había concluido en 2019 que el cambio de hora costaba globalmente más de lo que aportaba. Este tipo de balance depende necesariamente de lo que se decida incluir en el cálculo, pero recuerda algo esencial: juzgar el sistema únicamente a partir de la factura eléctrica ya no basta.
Supresión en Europa: el voto de 2019 nunca fue suficiente
Probablemente ahí nace el principal malentendido. En marzo de 2019, el Parlamento Europeo votó efectivamente a favor de poner fin al cambio de hora estacional, con una aplicación que entonces se planteaba a partir de 2021. Cada Estado debía poder elegir entre un horario de verano permanente y un horario de invierno permanente.
Pero una votación del Parlamento Europeo no basta para que una reforma así entre en vigor. El Consejo de la Unión Europea nunca adoptó una posición que permitiera finalizar el texto. El principal problema es la coordinación entre los Estados: si cada uno elige su hora sin un acuerdo común, Europa podría acabar con un mosaico poco práctico de husos horarios y horarios para el transporte, los intercambios económicos y los desplazamientos transfronterizos.
Después, el asunto perdió prioridad política, especialmente con la pandemia de Covid-19, el Brexit y luego la guerra en Ucrania. En octubre de 2025, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, reavivó públicamente el debate, sin que por ello se confirmara una supresión aplicable en Francia en 2026.
El apoyo popular al fin del sistema, sin embargo, viene de lejos. La consulta europea de 2018 recogió un 84 % de opiniones favorables a la supresión. En Francia, una consulta de 2019 registró un 83,71 % de participantes favorables, con un 59,17 % que deseaba mantener el horario de verano todo el año. Una encuesta de 2025 situaba todavía en cerca del 70 % la proporción de franceses favorables a acabar con el cambio de hora.
Estas cifras muestran una preferencia clara en las consultas citadas, pero no resuelven la dificultad central: dejar de cambiar la hora es una decisión; elegir después una hora permanente coordinada entre países es otra.
Entonces, ¿hay que esperar una supresión inminente en Francia?
No, nada permite presentar la supresión como inminente en 2026. El Parlamento Europeo abrió el camino en 2019, pero ninguna decisión final ha hecho aplicable la reforma. En Francia, los elementos disponibles no confirman ninguna evolución a corto plazo.
La paradoja es bastante clara. El argumento histórico del ahorro energético se ha debilitado mucho, están documentados los efectos temporales sobre el ritmo biológico y determinados accidentes, y una amplia mayoría de los participantes en las consultas citadas desea acabar con el sistema. Sin embargo, el bloqueo decisivo ya no es técnico: es político y depende de la coordinación europea.
Dicho de otro modo, la verdadera cuestión de octubre de 2026 no es saber si la idea de suprimir el cambio de hora sigue existiendo. Existe desde hace años. La cuestión es saber cuándo lograrán los Estados miembros transformar esa intención en una norma común. Mientras no se alcance ese compromiso, conviene desconfiar de los titulares que anuncian «el último cambio de hora» antes de que una decisión oficial lo haya establecido realmente.
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