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Habitación oscura iluminada con velas que evoca el descanso nocturno en la Edad Media

El sueño bifásico: cuando la noche se dividía en dos

Publié le 29 Juin 2026

¿Le ocurre despertarse en plena noche, hacia las dos o las tres de la mañana, perfectamente lúcido, sin razón aparente? Mira el techo, las ideas se agolpan, y acaba volviendo a dormirse una hora después. Antes de preocuparse, sepa que quizá no está sufriendo un trastorno del sueño. Quizá simplemente está reconectando con un instinto de varios siglos de antigüedad.

Dos sueños, una sola noche

Hasta el siglo XIX, la gran mayoría de los seres humanos dormía en dos tiempos distintos. Un primer sueño comenzaba poco después del anochecer — hacia las 21h o 22h según la estación — y duraba de tres a cuatro horas. Luego llegaba un periodo natural de vigilia, de una a dos horas, durante el cual la gente se levantaba, rezaba, conversaba con su cónyuge, leía a la luz de una vela o simplemente dejaba vagar sus pensamientos. Solo después venía el segundo sueño, igual de profundo, hasta el amanecer.

Esta organización del descanso nocturno no era señal de falta de sueño ni de patología alguna. Era simplemente la norma. El first sleep y el second sleep — o premier sommeil y second sommeil en francés — eran expresiones corrientes, mencionadas sin ninguna sorpresa en los escritos de la época.

El descubrimiento de Roger Ekirch

Fue el historiador estadounidense Roger Ekirch, profesor en Virginia Tech, quien sacó a la luz esta realidad olvidada tras varios años de investigación. Su libro At Day's Close: Night in Times Past, publicado en 2005, se apoya en más de 500 referencias históricas procedentes de diarios íntimos, registros judiciales, archivos médicos y obras literarias. En él cita textos tan diversos como la Odisea de Homero, tratados médicos de la Edad Media o informes de misioneros en África y América del Sur.

Lo que llama la atención en estas fuentes es su diversidad geográfica y temporal. El sueño segmentado no pertenece a una sola cultura, un solo clima o una sola época: aparece en Europa, Asia y África, en sociedades agrícolas y también en comunidades urbanas medievales. Se trata, por tanto, de un comportamiento humano fundamental, no de una excentricidad local.

¿Qué se hacía entre los dos sueños?

El periodo de vigilia nocturna tenía sus propios rituales, bien documentados. Los campesinos cuidaban el ganado o terminaban pequeños trabajos. Los creyentes rezaban — los monjes benedictinos habían organizado sus oficios nocturnos (maitines) precisamente en ese intervalo. Las parejas aprovechaban ese momento de intimidad tranquila para conversar o hacer el amor; algunos médicos de la época incluso aconsejaban concebir hijos durante ese despertar nocturno, ya que el cuerpo supuestamente se encontraba entonces en un estado ideal de relajación.

Otros leían, meditaban o visitaban brevemente a sus vecinos. En las ciudades, panaderías y tabernas permanecían abiertas de noche para acoger a estos despiertos de medianoche. La oscuridad no era sinónimo de aislamiento: era simplemente otra partición del tiempo social.

La revolución industrial lo cambia todo

La desaparición del sueño bifásico está directamente vinculada a dos grandes transformaciones del siglo XIX. La primera es el auge de la iluminación artificial: primero las lámparas de gas, extendidas en las ciudades desde las décadas de 1820-1830, y luego la electricidad hacia finales de siglo. La luz artificial retrasa la noche psicológica, permitiendo a la gente permanecer despierta mucho más tarde que antes. La hora de acostarse se desplaza hacia las 23h, la medianoche o incluso más tarde — y desde entonces, el intervalo de vigilia nocturna desaparece, absorbido por un sueño monofásico más tardío pero condensado.

La segunda transformación es la de los ritmos de trabajo. La revolución industrial impone horarios fijos, despertarse a la misma hora cada día y una disciplina temporal desconocida para las sociedades agrarias. El cuerpo humano se adapta: aprende a dormir de una sola vez, profundamente, sin interrupción.

Ekirch subraya que esta transición no fue indolora. Los archivos médicos del siglo XIX muestran una explosión de quejas relacionadas con el insomnio — precisamente el tipo de insomnio de mitad de la noche que antes no se percibía como un problema, sino como una pausa normal.

¿Y si su insomnio de mitad de la noche fuera una herencia ancestral?

Esta pregunta, planteada por varios investigadores en cronobiología tras los trabajos de Ekirch, merece atención. El psiquiatra Thomas Wehr, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, realizó en la década de 1990 un experimento en el que voluntarios permanecían en la oscuridad durante catorce horas al día. Tras unas semanas de adaptación, estos participantes desarrollaron espontáneamente un patrón de sueño en dos fases, con un periodo de vigilia calmada y meditativa entre ambas. Sus niveles de prolactina — una hormona asociada a un estado de profunda tranquilidad — alcanzaban durante esa vigilia niveles que normalmente solo se observan en la meditación avanzada.

Dicho de otro modo: privado de la luz artificial que deforma nuestra percepción del tiempo, el cuerpo humano recupera naturalmente un ritmo en dos tiempos. No es un fallo de funcionamiento; es un programa.

Una mirada distinta sobre nuestras noches

No se trata aquí de recomendar una vuelta a la vela ni de idealizar un pasado sin electricidad. El sueño monofásico — dormir de siete a nueve horas seguidas — es perfectamente sano para la gran mayoría de las personas, y la consolidación del sueño que trajo la modernidad no es en sí una regresión.

Pero esta historia invita a mirar de otro modo ciertas formas de vigilia nocturna. Despertarse a las 2 de la mañana y permanecer alerta durante una hora, sin ansiedad excesiva, antes de volver a dormirse tranquilamente: quizá no sea un problema médico. Quizá sea simplemente la persistencia de un ritmo muy antiguo, enterrado bajo siglos de luz artificial, que todavía busca su lugar en nuestras noches modernas.

Nuestros antepasados sí sabían qué hacer con esa hora suspendida entre dos sueños. La habían convertido en un espacio propio — para rezar, amar, soñar con los ojos abiertos. Casi podríamos envidiarlos.

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Habitación oscura iluminada con velas que evoca el descanso nocturno en la Edad Media

El sueño bifásico: cuando la noche se dividía en dos

Publié le 29 Juin 2026

¿Le ocurre despertarse en plena noche, hacia las dos o las tres de la mañana, perfectamente lúcido, sin razón aparente? Mira el techo, las ideas se agolpan, y acaba volviendo a dormirse una hora después. Antes de preocuparse, sepa que quizá no está sufriendo un trastorno del sueño. Quizá simplemente está reconectando con un instinto de varios siglos de antigüedad.

Dos sueños, una sola noche

Hasta el siglo XIX, la gran mayoría de los seres humanos dormía en dos tiempos distintos. Un primer sueño comenzaba poco después del anochecer — hacia las 21h o 22h según la estación — y duraba de tres a cuatro horas. Luego llegaba un periodo natural de vigilia, de una a dos horas, durante el cual la gente se levantaba, rezaba, conversaba con su cónyuge, leía a la luz de una vela o simplemente dejaba vagar sus pensamientos. Solo después venía el segundo sueño, igual de profundo, hasta el amanecer.

Esta organización del descanso nocturno no era señal de falta de sueño ni de patología alguna. Era simplemente la norma. El first sleep y el second sleep — o premier sommeil y second sommeil en francés — eran expresiones corrientes, mencionadas sin ninguna sorpresa en los escritos de la época.

El descubrimiento de Roger Ekirch

Fue el historiador estadounidense Roger Ekirch, profesor en Virginia Tech, quien sacó a la luz esta realidad olvidada tras varios años de investigación. Su libro At Day's Close: Night in Times Past, publicado en 2005, se apoya en más de 500 referencias históricas procedentes de diarios íntimos, registros judiciales, archivos médicos y obras literarias. En él cita textos tan diversos como la Odisea de Homero, tratados médicos de la Edad Media o informes de misioneros en África y América del Sur.

Lo que llama la atención en estas fuentes es su diversidad geográfica y temporal. El sueño segmentado no pertenece a una sola cultura, un solo clima o una sola época: aparece en Europa, Asia y África, en sociedades agrícolas y también en comunidades urbanas medievales. Se trata, por tanto, de un comportamiento humano fundamental, no de una excentricidad local.

¿Qué se hacía entre los dos sueños?

El periodo de vigilia nocturna tenía sus propios rituales, bien documentados. Los campesinos cuidaban el ganado o terminaban pequeños trabajos. Los creyentes rezaban — los monjes benedictinos habían organizado sus oficios nocturnos (maitines) precisamente en ese intervalo. Las parejas aprovechaban ese momento de intimidad tranquila para conversar o hacer el amor; algunos médicos de la época incluso aconsejaban concebir hijos durante ese despertar nocturno, ya que el cuerpo supuestamente se encontraba entonces en un estado ideal de relajación.

Otros leían, meditaban o visitaban brevemente a sus vecinos. En las ciudades, panaderías y tabernas permanecían abiertas de noche para acoger a estos despiertos de medianoche. La oscuridad no era sinónimo de aislamiento: era simplemente otra partición del tiempo social.

La revolución industrial lo cambia todo

La desaparición del sueño bifásico está directamente vinculada a dos grandes transformaciones del siglo XIX. La primera es el auge de la iluminación artificial: primero las lámparas de gas, extendidas en las ciudades desde las décadas de 1820-1830, y luego la electricidad hacia finales de siglo. La luz artificial retrasa la noche psicológica, permitiendo a la gente permanecer despierta mucho más tarde que antes. La hora de acostarse se desplaza hacia las 23h, la medianoche o incluso más tarde — y desde entonces, el intervalo de vigilia nocturna desaparece, absorbido por un sueño monofásico más tardío pero condensado.

La segunda transformación es la de los ritmos de trabajo. La revolución industrial impone horarios fijos, despertarse a la misma hora cada día y una disciplina temporal desconocida para las sociedades agrarias. El cuerpo humano se adapta: aprende a dormir de una sola vez, profundamente, sin interrupción.

Ekirch subraya que esta transición no fue indolora. Los archivos médicos del siglo XIX muestran una explosión de quejas relacionadas con el insomnio — precisamente el tipo de insomnio de mitad de la noche que antes no se percibía como un problema, sino como una pausa normal.

¿Y si su insomnio de mitad de la noche fuera una herencia ancestral?

Esta pregunta, planteada por varios investigadores en cronobiología tras los trabajos de Ekirch, merece atención. El psiquiatra Thomas Wehr, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, realizó en la década de 1990 un experimento en el que voluntarios permanecían en la oscuridad durante catorce horas al día. Tras unas semanas de adaptación, estos participantes desarrollaron espontáneamente un patrón de sueño en dos fases, con un periodo de vigilia calmada y meditativa entre ambas. Sus niveles de prolactina — una hormona asociada a un estado de profunda tranquilidad — alcanzaban durante esa vigilia niveles que normalmente solo se observan en la meditación avanzada.

Dicho de otro modo: privado de la luz artificial que deforma nuestra percepción del tiempo, el cuerpo humano recupera naturalmente un ritmo en dos tiempos. No es un fallo de funcionamiento; es un programa.

Una mirada distinta sobre nuestras noches

No se trata aquí de recomendar una vuelta a la vela ni de idealizar un pasado sin electricidad. El sueño monofásico — dormir de siete a nueve horas seguidas — es perfectamente sano para la gran mayoría de las personas, y la consolidación del sueño que trajo la modernidad no es en sí una regresión.

Pero esta historia invita a mirar de otro modo ciertas formas de vigilia nocturna. Despertarse a las 2 de la mañana y permanecer alerta durante una hora, sin ansiedad excesiva, antes de volver a dormirse tranquilamente: quizá no sea un problema médico. Quizá sea simplemente la persistencia de un ritmo muy antiguo, enterrado bajo siglos de luz artificial, que todavía busca su lugar en nuestras noches modernas.

Nuestros antepasados sí sabían qué hacer con esa hora suspendida entre dos sueños. La habían convertido en un espacio propio — para rezar, amar, soñar con los ojos abiertos. Casi podríamos envidiarlos.

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El sueño bifásico: cuando la noche se dividía en dos

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¿Le ocurre despertarse en plena noche, hacia las dos o las tres de la mañana, perfectamente lúcido, sin razón aparente? Mira el techo, las ideas se agolpan, y acaba volviendo a dormirse una hora después. Antes de preocuparse, sepa que quizá no está sufriendo un trastorno del sueño. Quizá simplemente está reconectando con un instinto de varios siglos de antigüedad.

Dos sueños, una sola noche

Hasta el siglo XIX, la gran mayoría de los seres humanos dormía en dos tiempos distintos. Un primer sueño comenzaba poco después del anochecer — hacia las 21h o 22h según la estación — y duraba de tres a cuatro horas. Luego llegaba un periodo natural de vigilia, de una a dos horas, durante el cual la gente se levantaba, rezaba, conversaba con su cónyuge, leía a la luz de una vela o simplemente dejaba vagar sus pensamientos. Solo después venía el segundo sueño, igual de profundo, hasta el amanecer.

Esta organización del descanso nocturno no era señal de falta de sueño ni de patología alguna. Era simplemente la norma. El first sleep y el second sleep — o premier sommeil y second sommeil en francés — eran expresiones corrientes, mencionadas sin ninguna sorpresa en los escritos de la época.

El descubrimiento de Roger Ekirch

Fue el historiador estadounidense Roger Ekirch, profesor en Virginia Tech, quien sacó a la luz esta realidad olvidada tras varios años de investigación. Su libro At Day's Close: Night in Times Past, publicado en 2005, se apoya en más de 500 referencias históricas procedentes de diarios íntimos, registros judiciales, archivos médicos y obras literarias. En él cita textos tan diversos como la Odisea de Homero, tratados médicos de la Edad Media o informes de misioneros en África y América del Sur.

Lo que llama la atención en estas fuentes es su diversidad geográfica y temporal. El sueño segmentado no pertenece a una sola cultura, un solo clima o una sola época: aparece en Europa, Asia y África, en sociedades agrícolas y también en comunidades urbanas medievales. Se trata, por tanto, de un comportamiento humano fundamental, no de una excentricidad local.

¿Qué se hacía entre los dos sueños?

El periodo de vigilia nocturna tenía sus propios rituales, bien documentados. Los campesinos cuidaban el ganado o terminaban pequeños trabajos. Los creyentes rezaban — los monjes benedictinos habían organizado sus oficios nocturnos (maitines) precisamente en ese intervalo. Las parejas aprovechaban ese momento de intimidad tranquila para conversar o hacer el amor; algunos médicos de la época incluso aconsejaban concebir hijos durante ese despertar nocturno, ya que el cuerpo supuestamente se encontraba entonces en un estado ideal de relajación.

Otros leían, meditaban o visitaban brevemente a sus vecinos. En las ciudades, panaderías y tabernas permanecían abiertas de noche para acoger a estos despiertos de medianoche. La oscuridad no era sinónimo de aislamiento: era simplemente otra partición del tiempo social.

La revolución industrial lo cambia todo

La desaparición del sueño bifásico está directamente vinculada a dos grandes transformaciones del siglo XIX. La primera es el auge de la iluminación artificial: primero las lámparas de gas, extendidas en las ciudades desde las décadas de 1820-1830, y luego la electricidad hacia finales de siglo. La luz artificial retrasa la noche psicológica, permitiendo a la gente permanecer despierta mucho más tarde que antes. La hora de acostarse se desplaza hacia las 23h, la medianoche o incluso más tarde — y desde entonces, el intervalo de vigilia nocturna desaparece, absorbido por un sueño monofásico más tardío pero condensado.

La segunda transformación es la de los ritmos de trabajo. La revolución industrial impone horarios fijos, despertarse a la misma hora cada día y una disciplina temporal desconocida para las sociedades agrarias. El cuerpo humano se adapta: aprende a dormir de una sola vez, profundamente, sin interrupción.

Ekirch subraya que esta transición no fue indolora. Los archivos médicos del siglo XIX muestran una explosión de quejas relacionadas con el insomnio — precisamente el tipo de insomnio de mitad de la noche que antes no se percibía como un problema, sino como una pausa normal.

¿Y si su insomnio de mitad de la noche fuera una herencia ancestral?

Esta pregunta, planteada por varios investigadores en cronobiología tras los trabajos de Ekirch, merece atención. El psiquiatra Thomas Wehr, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, realizó en la década de 1990 un experimento en el que voluntarios permanecían en la oscuridad durante catorce horas al día. Tras unas semanas de adaptación, estos participantes desarrollaron espontáneamente un patrón de sueño en dos fases, con un periodo de vigilia calmada y meditativa entre ambas. Sus niveles de prolactina — una hormona asociada a un estado de profunda tranquilidad — alcanzaban durante esa vigilia niveles que normalmente solo se observan en la meditación avanzada.

Dicho de otro modo: privado de la luz artificial que deforma nuestra percepción del tiempo, el cuerpo humano recupera naturalmente un ritmo en dos tiempos. No es un fallo de funcionamiento; es un programa.

Una mirada distinta sobre nuestras noches

No se trata aquí de recomendar una vuelta a la vela ni de idealizar un pasado sin electricidad. El sueño monofásico — dormir de siete a nueve horas seguidas — es perfectamente sano para la gran mayoría de las personas, y la consolidación del sueño que trajo la modernidad no es en sí una regresión.

Pero esta historia invita a mirar de otro modo ciertas formas de vigilia nocturna. Despertarse a las 2 de la mañana y permanecer alerta durante una hora, sin ansiedad excesiva, antes de volver a dormirse tranquilamente: quizá no sea un problema médico. Quizá sea simplemente la persistencia de un ritmo muy antiguo, enterrado bajo siglos de luz artificial, que todavía busca su lugar en nuestras noches modernas.

Nuestros antepasados sí sabían qué hacer con esa hora suspendida entre dos sueños. La habían convertido en un espacio propio — para rezar, amar, soñar con los ojos abiertos. Casi podríamos envidiarlos.

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