He aquí la paradoja que nadie quiere oír de verdad: cuanto más eficientes nos volvemos al consumir energía, más energía consumimos. No es una broma ni una provocación ecologista. Es una observación formulada en 1865 por un economista británico medio olvidado por la historia — William Stanley Jevons — y que ciento sesenta años de progreso tecnológico no han hecho más que confirmar una y otra vez.

Hoy, cuando la transición energética sitúa la eficiencia en el centro de todas las estrategias, esta lección merece releerse con atención.

Un economista del siglo XIX ante una intuición incómoda

En 1865, William Stanley Jevons publica La cuestión del carbón, una obra en la que se pregunta por el futuro de las reservas británicas de carbón. La Inglaterra victoriana está en la cima de su poder industrial, y la máquina de vapor perfeccionada por James Watt es su herramienta central. La máquina de Watt es mucho más eficiente que la de su predecesor Thomas Newcomen: consume menos carbón para producir la misma cantidad de trabajo. Una buena noticia, en apariencia.

Sin embargo, Jevons observa algo inquietante: desde la introducción de las máquinas de vapor mejoradas, el consumo inglés de carbón no ha disminuido — se ha disparado. Cuanto más económicas se volvían las máquinas, más fábricas abrían los empresarios, más bombas ponían en marcha y más talleres hacían funcionar. El carbón más barato de usar se convirtió en un carbón más utilizado.

Su conclusión, formulada con una claridad que nos gustaría encontrar en los debates actuales: «Toda mejora que permite ahorrar combustible aumenta en realidad el valor de la máquina de vapor y amplía el campo de sus usos.» En otras palabras, la eficiencia no reduce la demanda — la estimula.

El efecto rebote, o cómo el progreso se vuelve en contra

Los economistas de la energía llaman hoy a este fenómenoefecto rebote. Su mecanismo es sencillo, aunque siga pareciendo contrario a la intuición: cuando una tecnología consume menos energía para prestar un servicio determinado, ese servicio se abarata en términos reales. Y cuando un servicio es más barato, generalmente se consume más.

El efecto rebote puede adoptar varias formas. La más directa: compras un coche híbrido que consume la mitad y recorres el doble de distancia porque llenar el depósito sale más barato. Es el efecto «directo». También existe un efecto indirecto, a veces más insidioso: el ahorro energético libera poder adquisitivo que se destina a otros gastos, también consumidores de recursos. Una casa mejor aislada reduce la factura de calefacción — y el dinero ahorrado puede financiar un vuelo a un destino lejano.

Por último, están los efectos macroeconómicos: una industria que produce más barato gracias a una mayor eficiencia energética puede aumentar sus volúmenes de producción y terminar consumiendo más energía en el conjunto del sector.

Cifras que producen vértigo

Los datos históricos confirman ampliamente la intuición de Jevons. Entre 1830 y 1863, mientras la cantidad de combustible necesaria para producir una tonelada de hierro cae dos tercios gracias a los avances de la metalurgia, el consumo total de hierro — y por tanto la energía vinculada a su producción — se multiplica por diez. La eficiencia abarató la producción de hierro; el mundo simplemente quiso diez veces más.

En la iluminación, el ejemplo es aún más llamativo. Los historiadores de la energía estiman que el residente medio del Reino Unido en 2000 consumía 75 veces más luz artificial que su antepasado de 1900 y más de 6.000 veces más que en 1800. Sin embargo, cada generación de tecnologías de iluminación — desde la vela hasta la lámpara de petróleo y luego la bombilla incandescente — fue progresivamente más eficiente. La eficiencia no frenó la demanda de luz: la multiplicó.

Un informe de 2023 cuantifica la magnitud actual del fenómeno: de media, por cada ganancia del 1 % en eficiencia energética dentro de un sector, se observa un rebote del 0,7 % en el consumo energético total. El efecto rebote no compensa por completo las mejoras — pero borra una parte significativa de ellas.

Los LED: la promesa y su sombra

La bombilla LED suele presentarse como uno de los triunfos de la transición energética. Y, de hecho, consume entre cinco y diez veces menos electricidad que una bombilla incandescente para producir la misma cantidad de luz. Millones de hogares han logrado ahorros reales en sus facturas.

Pero miremos la otra cara. El desplome del coste de la iluminación ha provocado una proliferación de instalaciones luminosas: fachadas iluminadas toda la noche, letreros publicitarios permanentes, luces decorativas que antes no existían y ciudades cada vez más brillantes a medida que iluminar se abarata. La contaminación lumínica ha aumentado notablemente en las últimas décadas, hasta convertirse en un problema ambiental reconocido que afecta a la fauna nocturna, las migraciones de aves e incluso el ritmo circadiano humano.

¿Ha reducido el LED el consumo eléctrico global asociado a la iluminación? En parte, sin duda — pero mucho menos de lo que hacían esperar las proyecciones iniciales. La eficiencia también ha impulsado usos completamente nuevos.

Y ahora, ¿qué hacemos?

Reconocer la existencia de la paradoja de Jevons no significa que la eficiencia energética sea inútil ni contraproducente. Significa que, por sí sola, no basta. La historia demuestra que la mejora técnica sin regulación de la demanda casi siempre termina generando nuevos usos que absorben buena parte de las ganancias obtenidas.

La verdadera pregunta planteada por Jevons — y que nuestras políticas energéticas siguen esquivando a menudo — es esta: ¿qué hacemos con el ahorro conseguido? ¿Lo reinvertimos en otros consumos? ¿O construimos mecanismos capaces de estabilizar, e incluso reducir, la demanda absoluta de energía?

Este debate supera ampliamente la técnica. Afecta a nuestros modos de vida, a la propia concepción del crecimiento económico y a la profunda dificultad de querer consumir menos en un sistema estructuralmente diseñado para fomentar el consumo.

William Stanley Jevons no tenía una respuesta definitiva a estas preguntas. Pero al menos tuvo la honestidad de plantear el problema justo cuando todo el mundo creía que la tecnología bastaría. Ciento sesenta años después, esa honestidad sigue siendo valiosa — y tan incómoda como siempre.