Los pulpos cambian de color mientras duermen. ¿Sueñan?
Es la una de la madrugada en un laboratorio del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa (OIST). Un pulpo duerme en su tanque. Y, de repente, ocurre algo extraño: su piel, de un gris apagado apenas unos segundos antes, empieza a parpadear. Manchas oscuras se extienden por sus costados, reflejos dorados recorren sus brazos y un patrón de camuflaje aparece para desaparecer pocos segundos después. Luego todo vuelve a quedar en calma. El pulpo sigue dormido.
¿Qué sucede en la cabeza —o, mejor dicho, en los brazos— de este animal mientras duerme? ¿Sueña? Hace unas décadas, la pregunta habría parecido absurda. Hoy se ha convertido en una de las más fascinantes de la neurología moderna.
Un estudio que cambia nuestra visión del sueño
En junio de 2023, un equipo de investigadores del OIST y de la Universidad de Washington publicó en la revista Nature los resultados de un estudio sobre el sueño de la especie Octopus laqueus. Su descubrimiento pone en cuestión muchas certezas: los pulpos atraviesan dos fases de sueño claramente diferenciadas, de forma similar a las que los mamíferos —incluidos nosotros— experimentan cada noche.
La primera fase es tranquila. El pulpo permanece inmóvil, su piel adopta un tono uniforme y su actividad neuronal se ralentiza. Es lo que también se observa en los seres humanos durante el sueño no REM, la denominada fase «lenta».
Después, aproximadamente una vez por hora, todo cambia. Durante uno o dos minutos, los brazos del pulpo se estremecen ligeramente, sus ojos se mueven bajo los párpados entrecerrados, su respiración se acelera y su piel empieza a producir esos fugaces patrones de color. Al mismo tiempo, los registros electrofisiológicos del cerebro muestran una actividad neuronal muy próxima al estado de vigilia, sobre todo en los lóbulos frontal superior y vertical, zonas asociadas al aprendizaje y la memoria.
Esta fase se corresponde, rasgo por rasgo, con lo que en los mamíferos llamamos sueño REM (del inglés Rapid Eye Movement, o sueño paradójico). Es la fase durante la cual los seres humanos sueñan.
Quinientos millones de años de distancia y, sin embargo
Lo que hace que este descubrimiento resulte filosóficamente vertiginoso es la distancia evolutiva que separa a los pulpos de los seres humanos. Nuestros últimos antepasados comunes vivieron hace unos 500 o 550 millones de años. Probablemente eran pequeños gusanos marinos, sin un cerebro propiamente dicho, sin una memoria compleja y sin nada que se pareciera, ni de cerca ni de lejos, a lo que llamamos vida interior.
Desde aquella bifurcación, ambos linajes han evolucionado de manera totalmente independiente. Los vertebrados construyeron un cerebro centralizado, jerarquizado y dotado de corteza. Los cefalópodos tomaron un camino radicalmente distinto: el pulpo posee unos 500 millones de neuronas, pero dos tercios de ellas no se encuentran en su cerebro central. Están distribuidas por sus brazos. Cada brazo es, en cierto modo, una entidad semiautónoma, capaz de tomar determinadas decisiones motoras sin consultar al centro de mando.
Y, pese a todo, ambos linajes llegaron al mismo resultado: un sueño en dos fases, con un periodo de actividad intensa semejante a la vigilia. Este fenómeno de evolución convergente —cuando dos especies muy alejadas desarrollan de manera independiente la misma solución a un problema— sugiere que este tipo de sueño no es un accidente. Podría cumplir una función esencial, quizá en la consolidación de la memoria o en el procesamiento de las experiencias del día.
¿Sueñan de verdad?
La pregunta sigue abierta, y los científicos se muestran prudentes. Decir que un pulpo «sueña» implica suponer que posee alguna forma de experiencia subjetiva, una vida interior. Es ahí donde las neurociencias alcanzan sus límites actuales.
Lo que sí puede afirmarse es que, durante la fase activa del sueño, los pulpos presentan todos los correlatos conductuales y neuronales que asociamos al sueño en los mamíferos: actividad cerebral semejante a la vigilia, movimientos musculares involuntarios y cambios rápidos en los patrones de la piel. Estas variaciones de color son especialmente intrigantes: parecen reproducir secuencias completas de camuflaje o coloración de alarma, como si el animal estuviera reviviendo mentalmente una escena de caza, una huida o una interacción.
Sylvia Lima de Souza Medeiros, investigadora brasileña que en 2019 filmó a un pulpo durante estos episodios nocturnos de color, señaló: «Creemos que quizá estaba reviviendo experiencias del día». En 2023, los datos del OIST dieron una base neurológica a aquella intuición.
Lo que los pulpos nos enseñan sobre nosotros mismos
Hay algo profundamente perturbador —en el buen sentido— en descubrir que el sueño paradójico no es exclusivo de los mamíferos. Ya sabíamos que las aves y los reptiles presentaban formas simplificadas de este tipo de sueño. Pero los pulpos, con una arquitectura neuronal tan distinta, aportan un argumento de gran peso: el sueño activo no es un accidente de la evolución de los vertebrados. Tal vez sea una necesidad de toda cognición compleja.
En otras palabras: si queremos aprender, memorizar y adaptarnos, quizá necesitemos soñar. Y si los pulpos sueñan, entonces el sueño es mucho más antiguo y mucho más universal de lo que pensábamos.
Es uno de esos descubrimientos que no solo cambian nuestra mirada sobre un animal. También cambian nuestra manera de entender qué significa tener un cerebro, una memoria y, quizá, una experiencia interior. En algún tanque de Okinawa, en plena noche, un pulpo de nueve cerebros parpadea suavemente. Lo que ocurre en sus brazos y en sus lóbulos frontales sigue siendo un misterio. Pero la hipótesis de que atraviesa algo remotamente parecido a lo que vivimos cada noche ya no es del todo ciencia ficción.
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