La paradoja de Salomón: por qué aconsejamos mejor a los demás
Hace unas semanas, una amiga me llamó completamente alterada. Su pareja había tomado una decisión importante sin consultarla y ella ya no sabía cómo reaccionar. En diez minutos, yo tenía un análisis claro de la situación, tres opciones razonadas y algunas ideas para afrontar la difícil conversación que se imponía. Me lo agradeció con cariño. «De verdad ves las cosas con claridad», me dijo.
Al día siguiente, tomé una mala decisión profesional —aunque en retrospectiva resultaba evidente— en una situación más o menos parecida. Y no era la primera vez.
Si te reconoces en este escenario, no eres la única persona. Y no padeces una hipocresía inconsciente. Simplemente eres víctima de la paradoja de Salomón.
Un fenómeno tan antiguo como un rey legendario
El nombre procede del relato bíblico del rey Salomón. En el Libro de los Reyes, este soberano no pide a Dios riqueza ni poder, sino sabiduría; más concretamente, la capacidad de distinguir el bien del mal para gobernar a su pueblo. Llegaría a ser uno de los jueces más célebres de la Antigüedad, capaz de resolver disputas aparentemente insolubles. Sin embargo, la misma Biblia señala que tomó decisiones desastrosas en su propia vida privada, especialmente en sus alianzas políticas.
Incluso Salomón, modelo de sabiduría para los demás, fue incapaz de gobernarse a sí mismo.
A partir de esta contradicción, los psicólogos Igor Grossmann (Universidad de Waterloo) y Ethan Kross (Universidad de Michigan) dieron nombre a su concepto. En 2014 publicaron en la revista Psychological Science un estudio que documentaba con precisión este fenómeno: razonamos de forma considerablemente más sabia cuando analizamos los problemas ajenos que cuando nos enfrentamos a los nuestros.
Lo que revela el estudio
En sus experimentos, Grossmann y Kross pidieron a los participantes que imaginaran que su propia pareja les era infiel o que la pareja de un amigo hacía lo mismo. Las respuestas se analizaron según varios criterios clásicos de la sabiduría: la capacidad de reconocer la incertidumbre, integrar el punto de vista de la otra persona, considerar múltiples desenlaces y no dejarse arrastrar por el momento.
El resultado es sorprendente: los participantes razonaban de forma mucho más sabia cuando el problema afectaba a un amigo que cuando les afectaba directamente. La diferencia se observaba tanto en adultos jóvenes como en personas de más edad. Al contrario de lo que podría pensarse, la edad no bastaba para cerrar esa brecha.
En otras palabras, la experiencia vital no nos protege automáticamente de este sesgo. No es una cuestión de madurez. Es una cuestión de distancia.
Por qué nuestra propia vida nos ciega
Cuando un problema nos afecta directamente, estamos, por definición, en el centro de la situación. Nuestras emociones se activan, nuestro ego está en juego y nuestros miedos y esperanzas tiñen cada aspecto del panorama. La psicología cognitiva habla de una inmersión en primera persona: vivimos el acontecimiento desde dentro, sin posibilidad de tomar distancia.
Cuando ayudamos a otra persona, mantenemos una distancia natural. Observamos. No tenemos nada que perder en el asunto, o al menos no de la misma manera. Esa distancia emocional libera una capacidad de análisis que todos poseemos, pero que queda paralizada en cuanto somos nosotros quienes estamos implicados.
No se trata de un defecto de carácter. Es la arquitectura misma de nuestro funcionamiento social: estamos optimizados para orientarnos en los problemas de los demás porque eso exige precisión y objetividad. Nuestra propia vida, en cambio, está atravesada por una urgencia emocional permanente que cortocircuita el análisis frío.
La técnica que funciona: hablarse en tercera persona
La buena noticia del estudio de Grossmann y Kross es que también probaron una solución. Y es sorprendentemente sencilla.
Cuando se invitaba a los participantes a pensar en su propio problema refiriéndose a sí mismos en tercera persona —por ejemplo, «¿Qué debería hacer María en esta situación?» en vez de «¿Qué debo hacer?»—, la brecha de sabiduría desaparecía casi por completo. Al observarse desde fuera, recuperaban la misma calidad de razonamiento que cuando aconsejaban a un amigo.
Esta técnica se llama distanciamiento de uno mismo (self-distancing). Consiste en crear de forma artificial la distancia que mantenemos naturalmente respecto a los problemas ajenos. Podemos hablarnos en tercera persona, escribir sobre nuestra situación como si describiéramos la de un desconocido o simplemente preguntarnos: «Si mi mejor amigo estuviera viviendo exactamente esto, ¿qué le diría?»
Trabajos posteriores, entre ellos investigaciones publicadas en Frontiers in Psychology en 2022, confirmaron y profundizaron estos mecanismos al explorar el papel del estado emocional y la autotrascendencia en este fenómeno. El distanciamiento no borra las emociones: las pone temporalmente entre paréntesis para dejar espacio al análisis.
El consejo que no nos atrevemos a darnos
Hay algo casi vertiginoso en esta idea: ya llevamos dentro la sabiduría que necesitamos. La expresamos cada vez que alguien cercano nos pide opinión. La ponemos en práctica cuando un amigo está perdido. Pero en cuanto se trata de nosotros, olvidamos lo que sabemos.
No es por falta de lucidez. Es porque estamos demasiado cerca de nosotros mismos para vernos con claridad.
La próxima vez que te encuentres bloqueado ante una decisión difícil, prueba esto: plantea la pregunta como si hablaras de un amigo. Utiliza tu nombre. Describe la situación en tercera persona. Y escucha la respuesta que das, porque a menudo es la mejor que jamás hayas recibido.
Salomón, por su parte, no tenía a nadie que le diera ese consejo.
La paradoja de Salomón: por qué aconsejamos mejor a los demás
Hace unas semanas, una amiga me llamó completamente alterada. Su pareja había tomado una decisión importante sin consultarla y ella ya no sabía cómo reaccionar. En diez minutos, yo tenía un análisis claro de la situación, tres opciones razonadas y algunas ideas para afrontar la difícil conversación que se imponía. Me lo agradeció con cariño. «De verdad ves las cosas con claridad», me dijo.
Al día siguiente, tomé una mala decisión profesional —aunque en retrospectiva resultaba evidente— en una situación más o menos parecida. Y no era la primera vez.
Si te reconoces en este escenario, no eres la única persona. Y no padeces una hipocresía inconsciente. Simplemente eres víctima de la paradoja de Salomón.
Un fenómeno tan antiguo como un rey legendario
El nombre procede del relato bíblico del rey Salomón. En el Libro de los Reyes, este soberano no pide a Dios riqueza ni poder, sino sabiduría; más concretamente, la capacidad de distinguir el bien del mal para gobernar a su pueblo. Llegaría a ser uno de los jueces más célebres de la Antigüedad, capaz de resolver disputas aparentemente insolubles. Sin embargo, la misma Biblia señala que tomó decisiones desastrosas en su propia vida privada, especialmente en sus alianzas políticas.
Incluso Salomón, modelo de sabiduría para los demás, fue incapaz de gobernarse a sí mismo.
A partir de esta contradicción, los psicólogos Igor Grossmann (Universidad de Waterloo) y Ethan Kross (Universidad de Michigan) dieron nombre a su concepto. En 2014 publicaron en la revista Psychological Science un estudio que documentaba con precisión este fenómeno: razonamos de forma considerablemente más sabia cuando analizamos los problemas ajenos que cuando nos enfrentamos a los nuestros.
Lo que revela el estudio
En sus experimentos, Grossmann y Kross pidieron a los participantes que imaginaran que su propia pareja les era infiel o que la pareja de un amigo hacía lo mismo. Las respuestas se analizaron según varios criterios clásicos de la sabiduría: la capacidad de reconocer la incertidumbre, integrar el punto de vista de la otra persona, considerar múltiples desenlaces y no dejarse arrastrar por el momento.
El resultado es sorprendente: los participantes razonaban de forma mucho más sabia cuando el problema afectaba a un amigo que cuando les afectaba directamente. La diferencia se observaba tanto en adultos jóvenes como en personas de más edad. Al contrario de lo que podría pensarse, la edad no bastaba para cerrar esa brecha.
En otras palabras, la experiencia vital no nos protege automáticamente de este sesgo. No es una cuestión de madurez. Es una cuestión de distancia.
Por qué nuestra propia vida nos ciega
Cuando un problema nos afecta directamente, estamos, por definición, en el centro de la situación. Nuestras emociones se activan, nuestro ego está en juego y nuestros miedos y esperanzas tiñen cada aspecto del panorama. La psicología cognitiva habla de una inmersión en primera persona: vivimos el acontecimiento desde dentro, sin posibilidad de tomar distancia.
Cuando ayudamos a otra persona, mantenemos una distancia natural. Observamos. No tenemos nada que perder en el asunto, o al menos no de la misma manera. Esa distancia emocional libera una capacidad de análisis que todos poseemos, pero que queda paralizada en cuanto somos nosotros quienes estamos implicados.
No se trata de un defecto de carácter. Es la arquitectura misma de nuestro funcionamiento social: estamos optimizados para orientarnos en los problemas de los demás porque eso exige precisión y objetividad. Nuestra propia vida, en cambio, está atravesada por una urgencia emocional permanente que cortocircuita el análisis frío.
La técnica que funciona: hablarse en tercera persona
La buena noticia del estudio de Grossmann y Kross es que también probaron una solución. Y es sorprendentemente sencilla.
Cuando se invitaba a los participantes a pensar en su propio problema refiriéndose a sí mismos en tercera persona —por ejemplo, «¿Qué debería hacer María en esta situación?» en vez de «¿Qué debo hacer?»—, la brecha de sabiduría desaparecía casi por completo. Al observarse desde fuera, recuperaban la misma calidad de razonamiento que cuando aconsejaban a un amigo.
Esta técnica se llama distanciamiento de uno mismo (self-distancing). Consiste en crear de forma artificial la distancia que mantenemos naturalmente respecto a los problemas ajenos. Podemos hablarnos en tercera persona, escribir sobre nuestra situación como si describiéramos la de un desconocido o simplemente preguntarnos: «Si mi mejor amigo estuviera viviendo exactamente esto, ¿qué le diría?»
Trabajos posteriores, entre ellos investigaciones publicadas en Frontiers in Psychology en 2022, confirmaron y profundizaron estos mecanismos al explorar el papel del estado emocional y la autotrascendencia en este fenómeno. El distanciamiento no borra las emociones: las pone temporalmente entre paréntesis para dejar espacio al análisis.
El consejo que no nos atrevemos a darnos
Hay algo casi vertiginoso en esta idea: ya llevamos dentro la sabiduría que necesitamos. La expresamos cada vez que alguien cercano nos pide opinión. La ponemos en práctica cuando un amigo está perdido. Pero en cuanto se trata de nosotros, olvidamos lo que sabemos.
No es por falta de lucidez. Es porque estamos demasiado cerca de nosotros mismos para vernos con claridad.
La próxima vez que te encuentres bloqueado ante una decisión difícil, prueba esto: plantea la pregunta como si hablaras de un amigo. Utiliza tu nombre. Describe la situación en tercera persona. Y escucha la respuesta que das, porque a menudo es la mejor que jamás hayas recibido.
Salomón, por su parte, no tenía a nadie que le diera ese consejo.
La paradoja de Salomón: por qué aconsejamos mejor a los demás
Hace unas semanas, una amiga me llamó completamente alterada. Su pareja había tomado una decisión importante sin consultarla y ella ya no sabía cómo reaccionar. En diez minutos, yo tenía un análisis claro de la situación, tres opciones razonadas y algunas ideas para afrontar la difícil conversación que se imponía. Me lo agradeció con cariño. «De verdad ves las cosas con claridad», me dijo.
Al día siguiente, tomé una mala decisión profesional —aunque en retrospectiva resultaba evidente— en una situación más o menos parecida. Y no era la primera vez.
Si te reconoces en este escenario, no eres la única persona. Y no padeces una hipocresía inconsciente. Simplemente eres víctima de la paradoja de Salomón.
Un fenómeno tan antiguo como un rey legendario
El nombre procede del relato bíblico del rey Salomón. En el Libro de los Reyes, este soberano no pide a Dios riqueza ni poder, sino sabiduría; más concretamente, la capacidad de distinguir el bien del mal para gobernar a su pueblo. Llegaría a ser uno de los jueces más célebres de la Antigüedad, capaz de resolver disputas aparentemente insolubles. Sin embargo, la misma Biblia señala que tomó decisiones desastrosas en su propia vida privada, especialmente en sus alianzas políticas.
Incluso Salomón, modelo de sabiduría para los demás, fue incapaz de gobernarse a sí mismo.
A partir de esta contradicción, los psicólogos Igor Grossmann (Universidad de Waterloo) y Ethan Kross (Universidad de Michigan) dieron nombre a su concepto. En 2014 publicaron en la revista Psychological Science un estudio que documentaba con precisión este fenómeno: razonamos de forma considerablemente más sabia cuando analizamos los problemas ajenos que cuando nos enfrentamos a los nuestros.
Lo que revela el estudio
En sus experimentos, Grossmann y Kross pidieron a los participantes que imaginaran que su propia pareja les era infiel o que la pareja de un amigo hacía lo mismo. Las respuestas se analizaron según varios criterios clásicos de la sabiduría: la capacidad de reconocer la incertidumbre, integrar el punto de vista de la otra persona, considerar múltiples desenlaces y no dejarse arrastrar por el momento.
El resultado es sorprendente: los participantes razonaban de forma mucho más sabia cuando el problema afectaba a un amigo que cuando les afectaba directamente. La diferencia se observaba tanto en adultos jóvenes como en personas de más edad. Al contrario de lo que podría pensarse, la edad no bastaba para cerrar esa brecha.
En otras palabras, la experiencia vital no nos protege automáticamente de este sesgo. No es una cuestión de madurez. Es una cuestión de distancia.
Por qué nuestra propia vida nos ciega
Cuando un problema nos afecta directamente, estamos, por definición, en el centro de la situación. Nuestras emociones se activan, nuestro ego está en juego y nuestros miedos y esperanzas tiñen cada aspecto del panorama. La psicología cognitiva habla de una inmersión en primera persona: vivimos el acontecimiento desde dentro, sin posibilidad de tomar distancia.
Cuando ayudamos a otra persona, mantenemos una distancia natural. Observamos. No tenemos nada que perder en el asunto, o al menos no de la misma manera. Esa distancia emocional libera una capacidad de análisis que todos poseemos, pero que queda paralizada en cuanto somos nosotros quienes estamos implicados.
No se trata de un defecto de carácter. Es la arquitectura misma de nuestro funcionamiento social: estamos optimizados para orientarnos en los problemas de los demás porque eso exige precisión y objetividad. Nuestra propia vida, en cambio, está atravesada por una urgencia emocional permanente que cortocircuita el análisis frío.
La técnica que funciona: hablarse en tercera persona
La buena noticia del estudio de Grossmann y Kross es que también probaron una solución. Y es sorprendentemente sencilla.
Cuando se invitaba a los participantes a pensar en su propio problema refiriéndose a sí mismos en tercera persona —por ejemplo, «¿Qué debería hacer María en esta situación?» en vez de «¿Qué debo hacer?»—, la brecha de sabiduría desaparecía casi por completo. Al observarse desde fuera, recuperaban la misma calidad de razonamiento que cuando aconsejaban a un amigo.
Esta técnica se llama distanciamiento de uno mismo (self-distancing). Consiste en crear de forma artificial la distancia que mantenemos naturalmente respecto a los problemas ajenos. Podemos hablarnos en tercera persona, escribir sobre nuestra situación como si describiéramos la de un desconocido o simplemente preguntarnos: «Si mi mejor amigo estuviera viviendo exactamente esto, ¿qué le diría?»
Trabajos posteriores, entre ellos investigaciones publicadas en Frontiers in Psychology en 2022, confirmaron y profundizaron estos mecanismos al explorar el papel del estado emocional y la autotrascendencia en este fenómeno. El distanciamiento no borra las emociones: las pone temporalmente entre paréntesis para dejar espacio al análisis.
El consejo que no nos atrevemos a darnos
Hay algo casi vertiginoso en esta idea: ya llevamos dentro la sabiduría que necesitamos. La expresamos cada vez que alguien cercano nos pide opinión. La ponemos en práctica cuando un amigo está perdido. Pero en cuanto se trata de nosotros, olvidamos lo que sabemos.
No es por falta de lucidez. Es porque estamos demasiado cerca de nosotros mismos para vernos con claridad.
La próxima vez que te encuentres bloqueado ante una decisión difícil, prueba esto: plantea la pregunta como si hablaras de un amigo. Utiliza tu nombre. Describe la situación en tercera persona. Y escucha la respuesta que das, porque a menudo es la mejor que jamás hayas recibido.
Salomón, por su parte, no tenía a nadie que le diera ese consejo.
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