Nacer en Francia: cuando más medicina ya no basta
Hay una paradoja difícil de afrontar: Francia dispone de una obstetricia muy medicalizada, pero sus indicadores perinatales no siguen la trayectoria tranquilizadora que cabría esperar de semejante sofisticación. La mortalidad perinatal, que se mantuvo en torno a 10,5 por 1.000 entre 2014 y 2021, pasó a 10,6 en 2021, 10,8 en 2023 y después a 11,2 por 1.000 nacimientos en 2024. Ese último año, 7.398 niños nacieron sin vida o murieron durante su primera semana, de un total de 661.822 nacimientos.
Estas cifras no demuestran que la medicina haga morir a más bebés. Ese atajo sería tan espectacular como falso. Sin embargo, obligan a plantear una pregunta más incómoda: ¿a partir de qué momento la acumulación de precauciones, protocolos e intervenciones deja de ser sinónimo de seguridad adicional?
El problema no es «la medicina», sino la ecuación automática entre intervención y seguridad
La primera dificultad consiste en entender qué mide la mortalidad perinatal. En 2024, la mortinatalidad representó el 82 %, y el 39 % de esos casos se produjo tras una interrupción médica del embarazo. La prematuridad también pesa mucho: el 84 % de las muertes perinatales corresponden a nacimientos prematuros. La tasa alcanza 125,7 por 1.000 entre los prematuros, frente a 2,0 por 1.000 entre los niños nacidos a término.
También cuentan la edad de la madre, el número de fetos, la edad gestacional, el territorio de residencia o las condiciones socioeconómicas. Pero la Drees subraya que varios factores conocidos —en particular la edad gestacional, el tipo de embarazo y la edad materna— solo explican una parte de la evolución observada desde 2014. En otras palabras, sigue existiendo una zona de sombra.
Es en esa zona donde merece plantearse, con prudencia, la cuestión de la sobremedicalización. El CNRS señala que la medicalización puede tranquilizar tanto a las pacientes como a los médicos sin garantizar, por sí sola, la seguridad del parto y del seguimiento posterior al nacimiento. También destaca las presiones de productividad del sistema sanitario y los límites de una organización construida alrededor de la gestión del riesgo máximo.
Hay que distinguir claramente dos afirmaciones. Decir que «más intervenciones no garantizan automáticamente mejores resultados» es compatible con los datos disponibles. Decir que «la sobremedicalización provoca el aumento actual de la mortalidad» no lo es: el vínculo causal no está establecido. Esta distinción lo cambia todo.
Comparar los países europeos: útil, pero no para contar una historia demasiado simple
La comparación internacional podría parecer la prueba ideal. Si los países menos intervencionistas obtuvieran sistemáticamente mejores resultados, el debate se resolvería rápidamente. Sin embargo, los datos disponibles no permiten llegar a una conclusión tan clara.
El informe Euro-Peristat, que compara 28 países a partir de datos de 2015 a 2019, dibuja para Francia un panorama contrastado. El país presenta una tasa de cesáreas controlada, al tiempo que muestra una situación menos favorable en materia de mortinatalidad. Francia ocupa además los puestos 21 y 22 de Europa en mortinatalidad espontánea y mortalidad infantil, respectivamente.
Pero falta precisamente una pieza esencial para convertir esta comparación en una demostración: Euro-Peristat no pudo comparar, según su protocolo, la mortalidad después del nacimiento en Francia con la de otros países. Francia forma parte de los ocho países de 28 que no proporcionaron los datos necesarios sobre mortalidad neonatal.
Por tanto, sería tentador, pero abusivo, elegir un país europeo, calificarlo de «menos medicalizado» y atribuir sus mejores resultados únicamente a esa diferencia. Las comparaciones internacionales muestran que existen prácticas diversas y resultados distintos; aquí no demuestran que intervenir menos cause mejores resultados. Su interés está en otra parte: impiden considerar la organización francesa como la única manera racional de hacer seguro un nacimiento.
El verdadero sesgo: confundir lo visible con lo eficaz
Una intervención se ve. Un aparato adicional se ve. Un protocolo reforzado se ve. Una decisión de no intervenir porque la situación no lo justifica es mucho menos espectacular. Quizá ahí se esconda una parte de nuestra dificultad colectiva para pensar el riesgo.
Este mecanismo intelectual va más allá de la obstetricia, sin necesidad de afirmar que aquí disponemos de pruebas estadísticas en otros sectores. Puede reconocerse como una tentación general: en la justicia, imaginar que añadir controles hace necesariamente más seguro el sistema; en la educación, que multiplicar las evaluaciones mejora mecánicamente el aprendizaje; en las finanzas, que cada nuevo procedimiento reduce automáticamente el riesgo. Son analogías de razonamiento, no comparaciones de resultados.
El sesgo consiste en contar los medios empleados como si ya fueran resultados. Una política puede volverse más densa, más controlada, más documentada y más técnica sin que su objetivo final avance al mismo ritmo. En obstetricia, el indicador que importa no es el número de procedimientos disponibles o realizados: es la salud de la madre y del niño.
La seguridad también puede depender de lo que rodea al acto médico
Esta lectura permite comprender por qué son importantes las lógicas de productividad mencionadas por el CNRS. Una maternidad no es solo una colección de máquinas y protocolos. También es una organización, tiempo disponible y capacidad de observación, seguimiento y adaptación. Una medicina técnicamente equipada puede, por tanto, seguir enfrentándose a fragilidades que no se resuelven añadiendo una intervención.
La reacción pública muestra además que el problema se trata ya como estructural tanto como médico. El Gobierno ha puesto en marcha una misión sobre la perinatalidad. En marzo de 2025 se anunció un registro de nacimientos y defunciones. El Parlamento también aprobó en primera lectura una moratoria de tres años sobre el cierre de maternidades.
Estas decisiones no señalan una causa única. Más bien revelan la amplitud de lo que todavía no comprendemos por completo.
Salir de la falsa elección entre «natural» y «médico»
El debate ganaría mucho si no se convirtiera en una guerra de bandos. Oponer el parto «natural» a la medicina moderna haría perder de vista lo esencial. Una cesárea, una vigilancia o una intervención pueden ser, evidentemente, indispensables. La cuestión seria es la de su indicación adecuada y, de forma más amplia, la de una organización capaz de detectar el riesgo real sin tratar cada nacimiento como si el peor escenario ya estuviera presente.
El aumento francés no demuestra, por tanto, que la sobremedicalización mate. Aporta algo más útil: una razón para dejar de dar por evidente la idea de que más técnica significa necesariamente más seguridad.
Cuando un indicador empeora pese a la acumulación de medios de control, la respuesta adecuada no es ni rechazar la medicina ni reclamar mecánicamente más. Es medir lo que funciona realmente, comparar las organizaciones, mejorar los datos que faltan y aceptar que una intervención puede salvar vidas en un caso sin convertirse por ello en un modelo que deba generalizarse.
En materia de nacimiento, como en otros ámbitos, la seguridad no es el volumen de precauciones que acumulamos. Es el resultado que esas precauciones producen.
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